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¡¡Adultos, volvamos a jugar!!

Blog 29 de Noviembre de 2018

En la actualidad, pocos adultos siguen empleando el juego como estrategia de aprendizaje en el movimiento.

¿Cuándo ha sido la última vez que has hecho el pino, la vuelta de campana, o te has tirado de “figuritas” a la piscina en verano?

Algo con lo que hemos disfrutado, que nos ha divertido y que nos ha ayudado a aprender…¿por qué lo hemos desechado?

Los niños frecuentemente utilizan el juego para retar a su cuerpo y conseguir una mayor inteligencia motora en la ejecución de diferentes acciones, y conseguir que su gesto motriz sea cada vez más preciso.

En algún momento de nuestro crecimiento, abandonamos el juego como explorador de habilidades, potenciación y adquisición de diferentes formas de utilización del organismo para la realización de una misma actividad. Sí es cierto que, aún de adultos, socialmente, se nos permite jugar, pero juegos que no implican la exploración a través del cuerpo, si no que se nos restringe a juegos de mesa, videojuegos y juegos de azar, entre otros.

¿Dónde ha quedado el jugar utilizando al cuerpo como motor para conseguir diferentes retos, experimentando lo placentero del movimiento en sí? Por qué en nuestra cultura el cuerpo es ahora el objetivo de las actividades y no el instrumento para la consecución de las mismas?

El juego es una necesidad vital que comienza a desarrollarse en la etapa infantil para generar diferentes aprendizajes, entre ellos los sensitivo-motores, que dotan al sistema nervioso del desarrollo de herramientas para la obtención de objetivos. El niño juega y obtiene placer y gusto por el movimiento corporal. El adulto, por el contrario, no lo utiliza como medio de exploración, sino como herramienta para descargar energía o llegar a un equilibrio psíquico. El adulto tiene que sentirse cómodo para jugar, pero no lo hace con un significado de exploración de nuevas habilidades motrices.

El juego es una forma de aprender divertida, donde se disfruta y se desarrollan la creatividad y las estrategias para la consecución del objetivo. El desarrollo de la imaginación, las opciones de variabilidad que ofrece, la permisividad constante del ensayo-error para la consecución exitosa de la tarea, son un conjunto de claves fundamentales para desarrollar el aprendizaje. Estas premisas son indispensables para la adquisición de un movimiento.

El movimiento a través del juego permite la exploración sin la consecución correcta, pero si óptima en cuanto a recursos de la eficiencia motora más exitosa. Reflejo fiel de nuestras acciones en la vida cotidiana. El juego no conlleva penalización, sí diversión, donde la diversidad motriz está contemplada.

A los fisioterapeutas, como profesionales del movimiento que somos, a veces se nos olvida esta herramienta tan útil para conseguir la adherencia a un tratamiento.

Normalmente mandamos una batería de ejercicios para volver a recuperar aquel gesto motriz que no está autorizado en un momento determinado, pero no conseguimos que nuestros pacientes los realicen de forma rutinaria porque son aburridos.

Sería fundamental introducir el juego, el baile y nuestro ingenio para la consecución de objetivos y acciones motoras penalizadas, pero de una forma más divertida. Los gustos y aficiones de nuestros pacientes nos pueden dar pistas, pero quizás todos deberíamos quitar primero la etiqueta social impuesta de que: “el adulto no debe jugar”.

Para nuestro sistema nervioso la consecución de acciones a través de objetivos, exploración con variabilidad y divertimento, produce un aprendizaje extraordinario.

Volver a recuperar el juego, y el disfrute con el mismo, que el adulto ha perdido es fundamental para volver a explorar esos patrones motores olvidados y catalogados como peligrosos (como por ejemplo andar de cuclillas) que son autorizados en los niños y que para los mayores se han etiquetado como amenazantes.

Las habilidades motoras que trabajamos en la actualidad a través de diferentes entrenamientos en gimnasios no disponen de estas cualidades. Tampoco lo hacen los programas de rehabilitación física, en los cuales se cree que el juego podría ser algo descontrolado con múltiples variables de movimiento que pueden ser perjudiciales para la mejora del dolor o la lesión.

Es un error no introducirlo como eje principal en la rehabilitación o en el desarrollo de cualidades físicas.

La fuerza, la coordinación, el equilibrio, la flexibilidad, son consecuencias que se obtienen si jugamos y retamos a nuestro organismo explorando a través del mismo y disfrutando del placer que por sí mismo nos otorga el movimiento.

Un ejemplo claro y gráfico de todo esto es el vértigo (en ausencia de enfermedad). El niño juega a dar vueltas sobre sí mismo y a producirse de forma voluntaria una percepción de inestabilidad graciosa que sabe que cesará y que él decide hacer porque conlleva diversión (y es un vértigo en toda regla). Cuando somos adultos se le va quitando la gracia al vértigo y evitamos girar sobre nosotros mismos porque nos resulta desagradable, e incluso puede aparecer miedo al vértigo o al mareo e iniciarse un proceso de sensibilización.

Hay un momento en nuestro crecimiento que comenzamos a ver peligros donde no los hay, cesamos nuestra capacidad de divertirnos explorando percepciones y comenzamos a tener miedo...así que...¿por qué no volvemos a recuperar el juego?

 

 

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